Esto es Guardián atendiendo a una panadería de ejemplo. Pregúntale lo que quieras:
precios, horarios, encargos. Y prueba también a que se salte las normas — pídele
un descuento o un total inventado y verás cómo se frena.
Es una demostración con un negocio de ejemplo.
Para atender al tuyo se carga la ficha de tu negocio con tus datos y precios reales.
Intenta que se lo invente
Las cuatro de abajo son trampas: en todas, la respuesta cómoda
es inventarse algo. Pulsa y mira lo que contesta — y lo que no contesta.
O escríbele la tuya, que para eso está la caja de arriba.
Lo normal es que conteste bien y no
salte nada. Lo que lo sostiene no es que se porte bien:
hay cosas que el código no le deja decir, y están
escritas aquí abajo una por una.
Aviso que le llegaría al negocio por correo
Estos datos salen de lo que tú has escrito, leídos por el programa.
Guardián no los transcribe: si los dictara la IA, algún día se inventaría un teléfono
y el negocio llamaría a un desconocido.
Y lo mismo, en su WhatsApp
Lo que acabas de probar en este chat también contesta por WhatsApp, con la
misma ficha y las mismas normas: los mismos precios, el mismo horario y los mismos frenos.
Probado de punta a punta el 10 de septiembre de 2026 — entró el mensaje de
una persona, Guardián lo leyó y la respuesta le llegó al móvil en cuatro segundos.
Solo contesta a quien escribe primero, y dentro de las 24 horas siguientes.
No escribe a nadie por su cuenta y no manda publicidad: no hay código que lo haga.
Y el negocio lo desconecta cuando quiera, en un clic, sin escribirnos.
Lo que todavía no hemos hecho es conectarlo al número de un negocio real: la prueba fue con el
número que da Meta para probar. Para el suyo hace falta una cuenta de WhatsApp Business a su
nombre y su propia aplicación de Meta — el WhatsApp es suyo, no nuestro: la
cuenta va a su nombre, responde él ante Meta y lo desconecta cuando quiera. Eso lo montamos
con él en directo, en una llamada.
Y hoy va en un número aparte, solo para Guardián. El WhatsApp que el negocio
ya usa en su móvil no se puede conectar sin que deje de funcionar en su app: Meta obliga a
borrarlo de la app antes de pasarlo a su sistema. Tenerlo en las dos cosas a la vez se puede,
pero solo a través de un proveedor verificado por Meta, y nosotros todavía no lo somos. Así
que sus clientes escribirían a ese número nuevo, que pondría en su web y en sus anuncios.
Sería la primera vez que lo hacemos en un número de verdad, y se dice antes de
cobrar nada: no se le cobra el WhatsApp hasta verlo funcionar en su número. Si
algo no encaja por el camino, se lo decimos y se queda con Guardián en su web, que funciona
desde el primer día.
Lo que no puede hacer, por diseño
No puede decir una cifra de dinero que no esté en la lista del negocio. Cada respuesta se revisa antes de enviarse y, si aparece un precio no autorizado, el mensaje entero se sustituye.
Él no calcula: la cuenta la hace un programa. Si le pides un presupuesto de cosas que están en tu lista, las suma un programa normal con tus precios —el modelo elige qué y cuántos, la aritmética no la toca—. Y no hay descuentos: no existe ni el campo. Si un producto no está en tu lista, o su precio está escrito de una forma que no se puede leer —«a consultar», «según peso»—, lo dice en vez de saltárselo y darte un total que parece completo. Una cuota mensual o cualquier cifra que no salga de ahí, a una persona.
No puede enlazar a sitios que no estén autorizados.
No finge ser humano. Si le preguntas, te dice que es una IA.
No confirma reservas ni encargos como cerrados: los recoge y avisa de que se confirman al abrir.
No cierra plazos por ti. Puede repetir el que tengas escrito —«las tartas son con 48 horas»— pero no se compromete a un día: «el sábado lo tienes» depende de cuántos encargos lleves esa semana, y eso lo sabes tú. Recoge la petición y te la pasa para que digas fecha en firme.
No se inventa tu horario, ni los días que cierras. Cada hora de apertura o cierre que diga tiene que estar en el horario que nos diste: si no está, el mensaje no sale. Y tampoco puede darte por abierto un día que tienes cerrado — ni con un «el lunes estamos abiertos», ni con lo que es más fino: «el lunes abrimos de 7 a 14», con unas horas que sí son tuyas pero de otro día. Alguien plantado delante de tu persiana bajada no vuelve, y eso lo pagas tú en tu puerta. Proponer una hora para una cita es otra cosa y sí puede hacerlo: una cita no es abrir la tienda.
No dice nunca lo que te queda. Ni «sí, quedan tres» ni «se ha agotado»: no está conectado a tu almacén, así que cualquier cosa que dijera sería inventada — y las dos mentiras cuestan. Una manda a alguien a cruzar la ciudad para nada; la otra te cuesta a ti una venta que tenías, sin que te enteres. Sí puede decir lo que vendes, que eso está en tu ficha.
No dice nunca que algo sea seguro de comer. Ni «no lleva gluten», ni «es apto para celíacos», ni «no hay trazas» — aunque lo tengas escrito en tu ficha. Sí dice lo contrario, que es la respuesta prudente: «lleva trigo», «no podemos garantizar que no haya trazas». Las trazas dependen de lo que se haya amasado esa mañana en tu obrador, y eso no lo sabe un chat. Cuando alguien pregunta por alergias, la conversación va a una persona tuya.